El día en que el cómic fue sometido: cae el muro, pero quedan cicatrices

En la primera entrega de este especial vimos nacer el Comics Code, el régimen de autocensura que destruyó a EC Comics y diezmó géneros enteros. En la segunda vimos las primeras grietas: el underground que operó al margen, Eisner reclamando prestigio literario, Stan Lee desafiando al Code desde adentro. Ninguna de esas tres jugadas tumbó el régimen. Solo lo dejaron herido, muy herido. Aún faltaba lo más lento de todo: el proceso de cuarenta años que terminó por desangrarlo a cuentagotas, hasta que se quedó sin quién lo defendiera.

Portada de The Unexpected #130 (DC Comics, diciembre de 1971), publicada bajo la nueva laguna del Code que permitió el regreso del horror clásico.
Fuente: Almost Anything Opelika

Síntomas de fatiga

El propio Code cedió terreno por primera vez el 28 de enero de 1971, en una revisión menor que pasó casi inadvertida. La nueva norma de pronto permitía vampiros, ghouls y hombres lobo, siempre que aparecieran «en la tradición clásica, como Frankenstein, Drácula, y otras obras literarias de calibre» de autores como Poe, Saki o Conan Doyle. Una excepción que en principio fue diseñada para sonar razonable terminó abriendo la puerta a series completas como Tomb of Dracula y Werewolf by Night apenas un par de años después.

Parecía una victoria, pero en realidad se trataba de una herida lenta y mortal. El Code seguía prohibiendo, exigiendo, vetando. Pero por primera vez en diecisiete años había admitido que sus propias reglas podían doblarse cuando convenía. Es el tipo de estocada que parece inocua hasta que deja de serlo.

Werewolf by Night #1 (Marvel, 1972), Phantom Stranger #14 (DC, 1971) y Tomb of Dracula #43 (Marvel, 1976), tres series nacidas de la laguna de vampiros y hombres lobo abierta por el Code en 1971.
Fuentes: Lycanthropology101, AbeBooks, Movies and Mania

Muerte por indiferencia

Treinta años más tuvieron que pasar antes de que alguien se atreviera a irse. En el 2001, la propia Comics Code Authority le negó el sello a X-Force #116 por su nivel de violencia. Marvel no apeló, no negoció, solo retiró toda su línea de la supervisión del Code de un plumazo. Bongo Comics, la editorial detrás de los cómics de Los Simpson, siguió el mismo camino en el 2010. Y el 24 de enero del 2011, DC Comics y Archie Comics, los dos últimos editores que aún llevaban el sello, terminaron de vaciar el edificio.

Para entonces, el aparato que alguna vez decidió el destino de editoriales enteras ya era casi una cáscara. Holly Munter Koenig, última Directora Ejecutiva de la Comics Magazine Association of America, fue quien apagó la luz. En sus últimos años, la gestión del organismo había sido tercerizada a Kellen Company, una firma que administra asociaciones gremiales de todo tipo por contrato (ni siquiera cobró cuota en el 2010). Cuando todo terminó, los archivos de la CMAA quedaron guardados en cajas y terminaron enviados por correo a las oficinas legales de DC Comics, sin que quede claro por qué. Un aficionado de la época documentó cómo celebró la noticia: abrió una botella de vino espumoso con un amigo, en su casa, sin ceremonia ninguna. Así terminan los regímenes que ya nadie obedece: sin juicio, sin dramas, sin dolientes. Solo un brindis privado entre amigos, uno del que muy pocos se llegaron a enterar en su momento.

X-Force #116 (Marvel, 2001), Simpsons Comics #171 (Bongo, 2010) y The Archies (Archie Comics, 2011): las tres últimas deserciones del Comics Code.
Fuentes: Amazon, Simpsons Wiki, eBay

Lo que vino después

Nadie desde arriba llenó el vacío que dejó el Code. Cada editorial optó por crear un sistema propio en sus términos, sin ningún ente externo que los audite ni obligue. Marvel estrenó en el 2001 sus categorías propias, entre ellas una que toma prestada del medio musical: el Parental Advisory. DC adoptó en el 2011 un sistema más cercano al de los videojuegos, y agregó después el sello DC Black Label para contenido adulto. Ninguno de los dos responde ante nadie más que ante sus propios lectores.

Lo único que quedó parecido a un organismo centralizado cambió por completo de función: el Comic Book Legal Defense Fund dejó atrás la censura y la aprobación para dedicarse a defender legalmente a autores y editoriales frente a intentos de censura. Incluso adquirió los derechos del viejo sello del Code, hoy reducido a pieza de museo con fines educativos.

Vale la pena una comparación que aterriza todo esto en algo más cercano. Los sellos octagonales de advertencia nutricional que ves hoy en los productos comestibles colombianos cumplen una función parecida a la que alguna vez quiso cumplir el Code: informarte, antes de comprar, qué contiene lo que te vas a llevar a la boca. La diferencia es que esas advertencias son de cumplimiento obligatorio, con multas de miles de millones de pesos para quien se niegue a cumplirlos. Los sistemas de Marvel y DC responden únicamente a su propio interés comercial; existen porque la larga y asfixiante experiencia del Code les enseñó, con víctimas incluidas, que perder la confianza del lector sale más caro que cualquier ley que, de todos modos, nunca los obligó a nada. Es la misma censura de siempre, solo que sin censor, sostenida únicamente por conveniencia.

Sistema de clasificación por edades de Marvel Comics, con las cinco categorías vigentes desde All Ages hasta MAX.
Cortesía: Oscar Hernández (infografía generada con IA mediante Nano Banana 2; personajes y logotipos son marcas registradas de sus respectivas editoriales).
Sistema de clasificación por edades de DC Comics, con las cinco categorías vigentes desde E-Everyone hasta DC Black Label.
Cortesía: Oscar Hernández (infografía generada con IA mediante Nano Banana 2; personajes y logotipos son marcas registradas de sus respectivas editoriales).

HacheComics y las cicatrices que quedan

Setenta años de historia dejan una lección incómoda para cualquiera que construya una marca: ningún sello, por bien diseñado que esté, sostiene por sí solo la confianza de un público. Esa confianza se construye y se cuida todos los días, jamás de una vez para siempre. En HacheComics acompañamos ese trabajo constante en cada proyecto de diseño gráfico y de marca: identidades pensadas más como una promesa que hay que sostener que como una advertencia que hay que obedecer, con cada pieza que sale a la calle.

Gracias por acompañarnos en este recorrido de tres entregas. Empezamos con un pánico moral que casi apaga al cómic estadounidense, y terminamos más de medio siglo después con una industria que aprendió, a punta de cicatrices, a cuidarse sola. Si llegaste hasta aquí, ya conoces un poquito más sobre la historia de los cómics, una que no siempre es flores y colores, también tiene sus cadáveres aún expuestos en la superficie. Gracias por quedarte hasta el final. Nos vemos en la próxima.

Boceto y logo final de Verzza, proyecto de identidad de marca desarrollado por HacheComics.
Cortesía: Oscar Hernández

REFERENCIAS